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En los últimos años, la economía argentina ha estado inmersa en una tormenta perfecta, caracterizada por una inflación galopante, una deuda externa asfixiante y un crecimiento económico estancado. Este panorama económico, lejos de ser una abstracción de cifras y gráficos, tiene un impacto devastador en la vida cotidiana de millones de argentinos, especialmente en los sectores más vulnerables de la sociedad.

La inflación, que ha superado el 276% anual, es una de las principales causas del deterioro de la calidad de vida (Inflation ToolFocusEconomics). Los precios de los alimentos y productos básicos han aumentado a un ritmo que no se veía desde la hiperinflación de finales de los 80 y principios de los 90. Para los sectores más vulnerables, que destinan la mayor parte de sus ingresos a la compra de estos bienes esenciales, esta situación se traduce en una reducción dramática de su poder adquisitivo. Cada semana, el carrito de compras en el supermercado se vuelve más liviano, mientras que las necesidades básicas siguen sin ser satisfechas.

La falta de empleo formal y la precarización laboral agravan aún más esta crisis. El empleo informal, que ya representaba una parte significativa de la economía argentina, ha aumentado durante la pandemia y continúa siendo una constante. Sin acceso a beneficios sociales y con salarios que no se ajustan a la inflación, los trabajadores informales se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema. Esta precariedad laboral afecta no solo a los ingresos, sino también a la seguridad social y a la capacidad de planificar a largo plazo.

El ajuste fiscal implementado como parte de los acuerdos con organismos internacionales, aunque necesario desde un punto de vista macroeconómico, tiene efectos colaterales que se sienten con fuerza en las clases más bajas. La reducción del gasto público ha llevado a recortes en programas sociales y subsidios que eran fundamentales para muchas familias. Estos ajustes se traducen en menos acceso a la salud, educación y servicios básicos, perpetuando así un círculo vicioso de pobreza y exclusión.

La deuda externa, otro componente crucial del actual escenario, también tiene implicancias profundas para los sectores vulnerables. El servicio de la deuda consume recursos que podrían destinarse a inversión social y desarrollo. La necesidad de cumplir con los pagos de la deuda limita la capacidad del gobierno para implementar políticas expansivas que podrían reactivar la economía y generar empleo.

A nivel social, la creciente desigualdad se manifiesta en un aumento de la pobreza y la indigencia. Según datos recientes, más del 40% de la población vive por debajo de la línea de pobreza, y la indigencia ha alcanzado niveles alarmantes. Las políticas de asistencia, aunque bien intencionadas, resultan insuficientes para contrarrestar el impacto de una economía en crisis.

En este contexto, es imprescindible que el gobierno y los actores económicos tomen medidas concretas para aliviar la situación de los más vulnerables. La implementación de políticas de contención social, el fortalecimiento de programas de empleo y capacitación, y la garantía de acceso a servicios básicos son pasos necesarios para evitar que la crisis se profundice aún más.

Es también fundamental fomentar un diálogo inclusivo que contemple las voces de los sectores más afectados. La construcción de un consenso social que permita avanzar en reformas estructurales es clave para salir de esta encrucijada. La economía no es solo números y estadísticas, es la vida diaria de millones de personas. Y es allí, en la realidad cotidiana de los más vulnerables, donde debemos poner el foco y buscar soluciones.

Fuente: Centro de Estudios Políticos y Económicos «José Gervasio Artigas»